RELATOS DEL RINCÓN HOMÉRICO 8: EL EXTRAÑO SER
Bajaba por la cuesta empinada de la vieja villa aquel personaje irreal. Cada mañana lo veía descender con su aire de suficiencia retrógrada. No recordaba haber visto nunca a un ser tan extraño, lleno de imposibles realidades colgando de sus ancestrales cabellos. Y pensaba Benedicto que no era la expresión de su mirada lo que le hacía emanar un halo de bizarra expectación, sino el simple hecho de trasladarse a la misma hora cada día por el mismo sitio, aunando el tiempo con el espacio. Había juntado en una misma ecuación irresponsable las más extraordinarias facultades que un ser similar puede conjugar: una indumentaria atemporal con un color de vida lleno de esperanzas descaradamente positivas. Plantaba cara así a las buenas gentes que en el transcurso de su descendente paseo se enfilaban para observarlo cada día, con religiosa afectación. Saludaba con alegre gesto de júbilo prohibitivo. Jamás en la ciudad caduca nadie se había atrevido a plantar cara a la nube grisácea de la cotidianidad de forma tan espontánea e incisiva.
Era de complexión almenada con un cráneo lleno de imaginación, dos brazos como dos sesiones de física cuántica, y largas piernas como caminos serpenteantes en montaña. Su animoso saludo convertía a los vecinos de Villa Vieja en espectadores de una función de tragicómico devenir. Tan sólo un personaje en escena pero con tanta enjundia y trasfondo dramático, que las gentes buenas acostumbradas a aburridos dramones anquilosados y herméticos, disfrutaban con las ocurrencias del que ya consideraban como prohombre de la irreal diversión. Una entelequia asumida por la dirección de la ciudad como mal menor. De un cómico comediante se podía esperar cualquier cosa, pero de un extraño ser con ademán de seria rectitud jamás hubieran imaginado que armaría tal revuelo.
Y el caso fue que un día, al representar su acto teatral, el personaje que interpretaba se salió del circuito de las cuatro paredes y atravesó la realidad cotidiana sembrando confusión entre las mentes más anodinas. Y así empezó el caos en aquel orden de la ciudad cansada y vieja...y el extraño ser se convirtió en un mito de difusos contornos del que todo el mundo hablaba y muy pocos había visto u oido de primera mano.
miércoles, 9 de enero de 2019
viernes, 21 de septiembre de 2018
RELATOS DEL RINCÓN HOMÉRICO 7: El héroe
Acudió justo cuando el tren estaba a punto de partir.
Llevaba en su maleta veinte kilos de sueños, un abrigo raído por el tiempo de
su impaciencia, y un sombrero que le cubría la temprana senectud. Siempre había
imaginado aquel instante como un momento de pompa y circunstancia, mientras
sonaba la marcha británica de Elgar, y con viajeros, empleados del ferrocarril,
maleteros, mozos de carga, todos, haciendo filas flanqueando su marcha hasta el
vagón. Dando vítores al héroe que en otro tiempo había salvado a la ciudad de
su idiotez. Aquel prohombre casi homérico, que había luchado contra los agentes
de la terca necedad, los implantadores de falsas ilusiones, los vendedores de
cielos de humo, los constructores de teorías sin cimientos, los arrebatadores
de instantes felices. Contra estos últimos tuvo un especial empeño: tuvo que
ingeniárselas para engañarlos y sustraerles el saco de las felicidades que
durante un año habían robado a los habitantes de la ciudad sin alma. Una mancha
de aceite de cariñosa mirada reflejó la cara exultante del héroe al pasar por
la calle del Bienestar, que, en aquellos momentos, se encontraba llena de lánguidas
lámparas de tristeza.
Un
perro escuálido que se llamaba a sí mismo Diógenes hacía alarde de su virtuosa
pobreza declamando versos en griego y el héroe comprendió que la virtud se
encontraba tirada por el suelo en aquella ciudad del oropel y la brillantina. Corrió
veloz a la plaza del consistorio donde las autoridades se habían reunido en
cónclave macabro para mejor debatir el futuro de tan aguerrido personaje, el
atlante que se había atrevido a cambiar los colores de la ciudad. Mucha
preocupación se reflejaba en los rostros de los honrados ciudadanos. Tras un
duro debate decidieron provocar su huida de Urbegris. Elementos cómo este no
necesitaba la comunidad.
El
héroe de la maleta aceptó triste la decisión. No quiso enarbolar más la bandera
del color en aquella oscura de cueva de grajos pintados con máscaras.
Y en el
mismo momento que el tren partió con su viajero y maleta, la ciudad que ahora
presentaba hermosa una sinfonía de colores, se fue apagando de su cromática
ilusión. Y todo volvió como antes… al reino de la idiotez.
martes, 12 de junio de 2018
RELATOS DEL RINCÓN HOMÉRICO 6: LA CIUDAD SIN ALMA
Lo peor de la ciudad es que te vomita
sus ensueños cuando tú estás menos preparado. Cuando te deslizas por sus líneas
de correcciones blancas y amarillas, cuando te acoges a sus brazos de madre indolente
pero atenta, cuando te empeñas en verla como patria de libertades de piedra. Te
vomita su expresiva inhumanidad en el momento que más la necesitas. Cuanto más
intentas aferrarte a sus pechos de matrona cual lactante desprotegido más te
desprecia con sus grises canciones de indiferencia. Y las calles se convierten
en ríos de muerte congelada, y las avenidas son lenguas de lava ardiente de
desidia, de silencios aterradores. Y las plazas no son plazas de vida y
comunión, son anfiteatros destinados a la lucha voraz con el vecino, donde las
fieras de la ira ejecutan sus sangrientos juegos. Y los parques ya no verdean
con florestas de vida y esperanza, sólo son junglas del hastío y lo proscrito,
escondites de poetas perseguidos por tener el verbo fino y cortante. El río no
es agua, es plomo, un glaciar de tormentos congelados en hídrica apariencia,
donde los peces no son peces, si no pecados colectivos convertidos en seres
inertes…y el sol de poniente ya no está para dorar las tardes de los ancianos
si no para abrasar los futuros de los niños que no son niños, son sólo clones
de verdades disfrazadas. La ciudad se enseñorea como Saturno que devora a sus
hijos… y cada noche hace un festín con deliciosos manjares donde los comensales
son las bestias del dinero que no se sacian; y acuden al banquete las rapiñas
de las medias verdades y el engaño, los señores del mañana, no del ahora,
trampantojos con vestidos de luces que tapan las oscuridades de su alma con
fuegos de artificio digitales.
Y
caen las hojas del álamo herido…en el extremo de la ciudad sin nombre, la
ciudad sin alma.
RELATOS DEL RINCÓN HOMÉRICO 5: LA ESQUINA
Señor, señor…por favor…me
puede ayudar a doblar la esquina… es que no puedo, es demasiado grande… ¡y a mi
edad!
El caballero de traje negro y cartera
de cuero con logotipo comercial en letras doradas no daba crédito a lo que
aquella anciana mal vestida y desaliñada le estaba diciendo. Lo achacó a algún
desajuste psíquico de la señora. Será una de esas pobres locas del internado de
la calle 34 que se ha extraviado. Pero yo ¿qué puedo hacer? Estas cosas
deberían estar bajo el control de los servicios sociales o las asistencias del
ministerio de los asuntos del común. Para eso pagamos impuestos, para que este
tipo de personas no estén en la calle molestando, y que se les ingrese en esos
centros de cuidados para individuos con trastornos…en el fondo son un
peligro…porque me estoy imaginando qué pasaría si esta señora anciana se
pusiera ahora a molestar a todos los ciudadanos responsables como yo que
estamos trabajando, que estamos inmersos en este proceso de creación riqueza
para que el producto interior bruto de nuestra patria sea más alto…
Estas
cosas me enervan…no puedo soportar que haya tan mala política con estos
asuntos, después del presupuesto que se supone que el gobierno dedica a estos
temas. Además, no entiendo por qué dice que quiere doblar la esquina y que le
ayude.
-Ayúdeme,
joven…la esquina es demasiado pesada…
-Pero
¿por qué quiere usted doblar la esquina? Puede usted sin ningún problema pasar
a la otra calle.
-No,
no puedo, hay que doblarla –insistió la tenaz anciana.
El
caballero estaba empezando a perder la paciencia. Tanta locura le sacaba de
quicio. Una mujer que había perdido el juicio le estaba pidiendo que doblara la
esquina…qué cosa más absurda. Dispuesto a zanjar el asunto le dijo muy
seriamente: “señora, la esquina está ya doblada y no necesita que la doble ni
usted, ni yo ni nadie. Por eso son esquinas, porque están dobladas a dos
calles…lo siento pero ahora sigo mi camino que tengo mucha prisa”
-Cuidado
joven con la esquina…que no está doblada! –le gritó de nuevo la anciana.
Y
un segundo después, el señor del traje negro moría aplastado contra el muro.
Había creído que allí se abría una nueva calle, justamente donde la sabia mujer
le estaba indicando que había que doblar la esquina para poder pasar.
El tiempo
Desde que salió por
aquella puerta estrecha del callejón lateral del edificio, Luis no había mirado
hacia atrás en ningún momento. No entendía la cansina obsesión de Claudia por
recordar siempre el pasado, atisbar el rastro de nuestros pasos en la lejanía,
ahondar en las causas, en los precedentes. Ella se dejaba abrazar por la brisa
del recuerdo en medio de las tempestades del presente. Esa suave y cálida
sensación de que todo el tiempo pasado fue mejor. Pero Luis no lo sentía ni lo
veía así. Luis era más pragmático y había aprendido a formar voluntades en el
presente, y le preocupaban más los efectos y las consecuencias que las causas.
Quizá fue aquel día al pasar por la calle del Molino Viejo cuando lo vio más
claro: la voluntad te lleva a crear el tiempo venidero… sin tu voluntad y tu
deseo el tiempo no vendrá porque el tiempo no existe al menos que tú lo vayas
creando.
Tonterías
–le dijo Claudia. El tiempo es y será siempre inexorable, a pesar de ti, de mí
y de todos. No pretendas jugar con él porque el tiempo es la silueta del
espacio que conoces.
Aquella reflexión de Claudia le dejó
perplejo, pero a pesar de todo no cejó en su empeño
-Adelante
siempre, Claudia, siempre adelante… y en cada respiración un segundo más que le
quitas al tiempo, y lo creas por tu voluntad. Así, partícula a partícula, tu
realidad se irá formando y entenderás cómo funciono. Lo de ayer no existe, ni
lo del futuro menos.
En ese preciso instante, Luis daba las
doce con insistentes golpes de campana, recordando doce veces que sólo el uno
es lo que vale y esencial, lo demás es repetir.
viernes, 22 de diciembre de 2017
RELATOS DEL RINCÓN HOMÉRICO 2: LETRAS SOBRE BLANCO
Sentía verdadero pánico al blanco. No soportaba hallarse frente a esa superficie inmaculada del papel, porque pensaba que le interrogaba, le exigía un esfuerzo, siempre titánico, de volcar palabras en ese lago albo, en esa especie de purgatorio temporal que va desde la mente al acto físico de escribir. Y sintiendo esto, se le olvidaba que el horror a ese vacío había tomado un nada despreciable cariz de surrealista costumbre.
Las primeras sílabas las oyó del ruiseñor que apoyado en una rama del patio vecino disertaba con melódicos trinos sobre las sinfonías de Mozart. Y su serenata conspicua se derramó por las diferentes calles del vecindario provocando la más sonada aclamación de los mediocres escribanos que también confiaban en ese trino para iniciar sus epístolas sobre los pulcros pliegos de papel. Sólo uno de ellos, que se entretenía en contar libros de sus anaqueles siguió, ignorante del hecho, amasando mentalmente títulos de obras, que, como bibliófilo, engullía con gran deleite. Y pasó la noche, y pasó el día siguiente, y este escribano permanecía inactivo sin poder plasmar una sola letra en aquel pliego retador. Y fue en ese momento justo en el que el último rayo de Sol se desvanece en el horizonte cuando la pluma del artífice se colocó en el tintero y empezó una coreografía acompasada sobre el papel. Componía una hermosa melodía de palabras, palabras y versos que vencieron aquel atávico miedo del autor a la escritura, Y luego, varios libros de los que reposaban prisioneros en sus estantes echaron a volar y su vuelo derramó letras como lágrimas. Y su fértil llanto cubrió la tierra y empapó de sabiduría las raíces de los mortales, que ya nunca volvieron a tener miedo de las letras sobre el blanco mantel.
Sentía verdadero pánico al blanco. No soportaba hallarse frente a esa superficie inmaculada del papel, porque pensaba que le interrogaba, le exigía un esfuerzo, siempre titánico, de volcar palabras en ese lago albo, en esa especie de purgatorio temporal que va desde la mente al acto físico de escribir. Y sintiendo esto, se le olvidaba que el horror a ese vacío había tomado un nada despreciable cariz de surrealista costumbre.
Las primeras sílabas las oyó del ruiseñor que apoyado en una rama del patio vecino disertaba con melódicos trinos sobre las sinfonías de Mozart. Y su serenata conspicua se derramó por las diferentes calles del vecindario provocando la más sonada aclamación de los mediocres escribanos que también confiaban en ese trino para iniciar sus epístolas sobre los pulcros pliegos de papel. Sólo uno de ellos, que se entretenía en contar libros de sus anaqueles siguió, ignorante del hecho, amasando mentalmente títulos de obras, que, como bibliófilo, engullía con gran deleite. Y pasó la noche, y pasó el día siguiente, y este escribano permanecía inactivo sin poder plasmar una sola letra en aquel pliego retador. Y fue en ese momento justo en el que el último rayo de Sol se desvanece en el horizonte cuando la pluma del artífice se colocó en el tintero y empezó una coreografía acompasada sobre el papel. Componía una hermosa melodía de palabras, palabras y versos que vencieron aquel atávico miedo del autor a la escritura, Y luego, varios libros de los que reposaban prisioneros en sus estantes echaron a volar y su vuelo derramó letras como lágrimas. Y su fértil llanto cubrió la tierra y empapó de sabiduría las raíces de los mortales, que ya nunca volvieron a tener miedo de las letras sobre el blanco mantel.
domingo, 10 de diciembre de 2017
RELATOS DEL RINCÓN HOMÉRICO 1: EL VENDEDOR DE SUEÑOS
Tras las pisadas de una sombra el vendedor de sueños arrimaba
su destartalado carrito junto a farolas de pálida luz. Y esa tenue umbría
formaba universos de coraje para este héroe que proclamaba en esquinas
concurridas “vendo sueños…sueños reales, sueños soñados, sueños utópicos…sueños
del ayer y del ahora…sueños de pompas de jabón, y sueños metálicos como pesas
de hierro… ¿alguien necesita sueños? Hoy estamos de rebaja, dos por uno.
Llévese el sueño y lo paga mañana; y si no le convence no se lo cobramos…”
Todo era un ir y venir de realidades plomizas en las calles
sin color. Humbranos de todas las
estirpes transitaban sin rumbo por canales de comunicación establecidos. Nadie
osó salir de una vía marcada para escuchar al vendedor…nadie oía ni nadie
cantaba. Todos los humbranos iban unidos por cables visibles e invisibles a
pantallas luminosas. Se alimentaban de aquellas superficies virtuales que
tenían atrapados sus ojos, y resplandores de verdes, azules y amarillos
decoraban sus rostros de unánime expresión. Y se movían, se movían sin límite,
sin entorpecerse unos a otros, porque cada uno iba encarrilado en su ranura
vial del cotidiano discurrir. El vendedor de sueños observó, preguntó, indagó y
claudicó… y se dijo a sí mismo, este sueño no lo tenía registrado. Lo pondré en
la carpeta de “pesadillas” y con su maltrecho carrito se deslizó por un tobogán
hasta la próxima realidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)